Título: Jugando a las Lolitas - Autor: Lolita

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Título: Jugando a las Lolitas - Autor: Lolita

Mensaje  Admin el Miér Abr 07, 2010 10:26 am

Han pasado unos cuantos años desde entonces, o mejor dicho, unos cuantos polvos;
pero aún lo recuerdo perfectamente. Fue la expresión de pasión más efímera y eterna a
la vez que jamás había sentido.
Por aquella me gustaba mucho jugar a las “Lolitas”, tenía apenas 18 años y fui a parar al
lugar adecuado en el momento apropiado. Conocí a Víctor en un mundo irreflexivo, en
su mundo de despachos, viajes, “caché”, negocios y proposiciones indecentes. Y sí,
justo ahí yo quería abrirme camino. Con alguna excusa, y quizás alguna mentira
conseguí que fuésemos a cenar para hablar de negocios. Creí que era invisible para él,
pero no. Unos cigarrillos acompañando las cervezas en el puerto nos llevaron a una cena
cargada de erotismo.
Yo controlaba cada movimiento, manejaba mi rol, llevaba sus ojos justo a los lugares
que quería, estudiaba cada accidental roce para aumentar la tensión sexual… Pero, sin
perder las formas puesto que las apariencias para ambos eran lo primordial. Sí, resultaba
tan morboso… Sin embargo, debí olvidarlo todo en la última copa puesto que al salir
del restaurante, de repente mi boca se abrió y dijo:
- Quiero echar un polvo contigo. Ahora.
¡Maldito Víctor! ¿Y las apariencias? No dijo ni una palabra, me besó apasionadamente
en pleno puerto de Barcelona. De pronto, hablaban por nosotros nuestras lenguas,
nuestras manos palpaban a través de las ropas, se evaporaron las demás personas, los
locales de alrededor, los turistas curiosos de nuestra fogosidad.
Sólo recuerdo que llevaba la mano en su miembro abrazada a él en su moto, que pareció
volar hasta el barrio de Gràcia. Entramos en su impresionante casa y mientras nos
besábamos, vislumbraba los lujosos muebles de diseño, pero sólo podía prestar atención
a su lengua. Víctor se deshizo con facilidad de mi ropa y sentí mi más absoluta
vulnerabilidad ante él, pero no hubo reacción posible. Me prometió un gran postre
mientras me acorralaba contra la pared del recibidor, y en sus brazos no tuve más
religión que abandonarme a su lujuria. Sumidos en una total sincronización, nuestros
jadeos se evaporaban en el aire cargado del mes de Julio.
De una manera indescriptible llegamos a su dormitorio, desapareció su traje y pude ver
lo que tantas veces había imaginado: su bronceado cuerpo esculpido tras horas de
gimnasio, su gracilidad al acercar su pene a mi boca, su sutileza al tentarme
reiteradamente. Emulando cualquier mítica escena pornográfica, anudó mis manos con
su corbata y me dejó indefensa sobre la cama. Todos los detalles que haya podido
olvidar son insignificantes en comparación con lo que puedo recordar: cómo recorrió
cada centímetro de mi piel con su lengua, sus caricias, mis pezones ardiendo deseosos
por ser lamidos, los mil rodeos que dio hasta llegar a mi sexo, el nuevo arte que me
enseñó al comérselo y su lasciva mirada mientras lo hacía.
Cuando me desató y empezó de nuevo a penetrarme me vi incapaz de estar a su altura,
pero hay barreras que sólo el morbo puede romper. Decidí tomar las riendas, bien por
mi excitación, bien por no saber cuándo volvería a tener a ese hombre bajo mis piernas
o sólo por el placer que me produce dominar.
Literalmente me volví loca. No tenía miedo, ni pudor, sólo estaba extasiada,
dominadora. Sólo podía moverme, lamer, gemir y suplicar que no acabara. Lo mejor de
todo, me sentía vulgarmente perversa. Perversa por el deseo de morderme
constantemente los labios cerrando los ojos, mirando al cielo pensando: “dios…podría
follarle eternamente”, acariciando mi nuca al mismo tiempo que inclinaba mi cuello
como una gata y notando mis mejillas, pezones y coño arder de pasión.
Y mientras yo jadeaba él se impuso por la fuerza. De pronto le vi más varonil que
nunca, y sus 35 años fueron más reales que nunca. Él dominaba. Él me dominaba; y me
quería en la mesa de su cocina, y quiso bajarme por las escaleras de una forma
indescriptible, pero muy, muy, muy placentera. Me tumbó boca abajo y descubrió la
habilidad de poder controlar con cada movimiento de cadera el volumen de mis
gemidos. Ascendentes, ascendentes, tregua… ¿ya? ¡No! Sigue, sigue, no pares, más…
Y volví a ser la “lolita” perturbada, pervertida y casi desmayadiza.
Llegué a desear que estuviera cansado, llegué a creer que no podía correrme más y a
querer que acabara para darme dos minutos de vuelta a la realidad. Debí suplicarle tanto
que se corriera, que en el jardín, sin saber cómo había llegado hasta allí me embistió
brevemente y cayó rendido a mi lado.
Nuestro sudor se mezclaba, la noche era bochornosa y los minutos en el jardín se
hicieron eternos. Se había acabado. Detestaba esos momentos, el post-polvo incómodo.
Para mí sorpresa cuánto más cariñoso se ponía, más arisca me volvía yo. Me prometí
que sería mi primera norma de “lolita”: no te hagas la tierna, el sexo es sexo. Sin
embargo, para mis adentros, absorbía cada caricia, cada dulce beso. Pareció que
dormitábamos hasta que regresamos al principio: una cerveza, unos cigarros y una
conversación de negocios. Sí, de pronto la única prueba de lo sucedido era que
estábamos en la hamaca desnudos.
Tras una ducha rápida, volví a mi Eixample querido en taxi, sin querer mirar atrás, sin
poder dejar de pensar en lo sucedido, fingiendo no sentirme impresionada por su
mundo, por su sexo, por él.
Al día siguiente todo me parecía confuso, extraño… Estuve tentada de llamarle, ponerle
otra excusa y coincidir con él de nuevo; pero algo me decía que aquello había sido sólo
aquella noche de febril pasión que siempre había deseado. La había conseguido y no
podía exprimirla; quería tan sólo el recuerdo que me acompañaría después tantas noches
de soledad.
Desde entonces Víctor no ha dejado de vagar por mi mente. Ha habido otros nombres:
Jaime, Jorge, Daniel… pero ninguno ha sido como él. Cada polvo frustrado me lleva a
pensar en él, a sufrir por su recuerdo, a llorar por su ausencia. Nunca he vuelto a jugar a
las “lolitas” puesto que sigo dudando si mi aventura fue real o tan sólo un sueño.

** Relatos publicados con el consentimiento de sus autores. Prohibida la reproducción total o parcial.

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