Título: Alicia y la Madriguera - Autor: Poewoman

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Título: Alicia y la Madriguera - Autor: Poewoman

Mensaje  Admin el Miér Abr 07, 2010 11:03 am

Despacio. Sin prisas. Es mejor no tener nervios. Ni para entrar ni para salir. Pero ya lo
sabía. Lo pensaba y lo sabía. La tranquilidad es cuestión de conocimiento. Lo
desconocido siempre resulta excitante.

Despacio. Sin tropezones. Es mejor no caerse por las escaleras. Ni al bajarlas ni al
subirlas. Quise correr el riesgo. Podía haber escogido otro calzado, pero escogí estos
botines. Siento como el suelo tiembla bajo mis pies.

Paso sin pagar. Tengo acceso a todas las instalaciones. Soy mujer, “sin nosotras estos
garitos se extinguirían”, dice Sole. Recorro un pasillo estrecho envuelto en papel albal
que desemboca en una sala con una enorme barra y muchas mesas y asientos salpicados
en color sangre, la luz es tenue pero noto como se me clavan las miradas. Mis caderas
bailan al son de tanto deseo. Es mi primera vez.

“Las copas se pagan solas” dice Berta. Se acerca a la barra se pide un martini con
guinda y un cuarentón con gafas la invita. Coge la copa, al cuarentón y desaparece. Me
pido lo de siempre, el mismo ponche que en este sitio sabe diferente, me invita el guapo
moreno que me lo ha servido. Observo las piernas de una chica que está sentada con dos
rubiales de gimnasio; me recreo en ellas, largas, esbeltas y duras. Mojo las bragas.
Charlo con Michel, así se llama el guapo moreno, y como no conozco el lugar se ofrece
a enseñármelo. Sole se queda.

Paso a través de una cortina y entro cuán Alicia a la madriguera del conejo. Lo primero
que veo es la hendidura de una mujer gorda espatarrada boca arriba que tiene sus manos
y su boca ocupadas en dar placer al gran pene del joven que esta en su cabecera. Al
pasar junto a ellos siento la necesidad de hincar mis dedos en su vagina pero me
reprimo. Cuando vuelvo en mí descubro una gran cama redonda donde yacen una
decena de personas. “Todos con todos”, me dice Michel. Y lo entiendo a la primera
porque mientras la gorda sigue con el joven se acerca a su empapada hendidura una
lengua seca de unos sesenta años. La gorda se retuerce. El joven suspira. El viejo sigue
sorbiendo; tiene para rato.

Seguimos hacia delante. Dos tipos con los pantalones y calzoncillos bajados se afanan a
la pared como si el alma les fuera en ello. Es como un cubo. En otra pared, uno se la
agarra como si estuviera meando. Hay una especie de puerta pequeña por la que se
puede pasar. Otra vez me siento como Alicia solo que esta vez entrando en el País de las
maravillas. Tres tías mamando. Descubro que una se está tocando. Vuelvo a mojar las
bragas, en esas una tetilla sin caperuza se asoma por un agujero, le doy un lametón, me
meto el dedo en la boca y empiezo a deshacer su glande con la yema. No lo puede
aguantar y abandona el agujero. Salgo. Michel se arregla los pantalones. Sonrío.

Bajamos unas escaleras. Una pared naranja me saca por un momento del lugar. “¿Estas
aquí?” pregunta Michel. “Degustaba el ligero sabor que tu pene ha dejado en mi lengua”
le digo. Me agarra de la cintura y me atrae hacia sí, siento la fuerza debajo de sus
tejanos. Camina hacia delante, yo hacia atrás. No puedo más, estoy entre Michel y la
pared. “¿Te importa que te espose?” me pregunta “¿Ya me lo has enseñado todo?”
contesto. “No. Voy por partes” dice.
Sin las manos estas al merced del otro. Experimento que es lo que excita en esa
práctica: el desconocimiento mental y la falta de control física; puede suceder cualquier
cosa. Da igual lo que pienses, probablemente te equivoques. Antes de que Michel se
pusiera a acariciar mis senos y morder mis pezones, pensé que me levantaría la falda,
me bajaría las medias y las bragas y me clavaría la fuerza de su masculinidad en el
torrente de mi feminidad. La sorpresa me gusta el doble, por lo que mi vagina comienza
a contraerse. Cierro los ojos. Es mi bebe.
Cuando mis manos quedan libres protejo mis pechos. Michel sonríe. Se ha vengado por
lo del agujero.

Pasamos a una sala que tiene seis cabinas. “Son habitaciones de metro cuadrado muy
oscuras preparadas para montártelo de pie” me explica Michel. Están todas ocupadas.
Se abre una puerta y salen dos tíos riéndose. Saludan a Michel y uno le muerde los
labios quedándose enganchado, por un instante, al labio superior. Desaparecen por unas
escaleras desconocidas para mí. “¿Pasamos?” dice mi guapo moreno. Me quedo sin
palabras, no quiero entrar ahí. De repente, Berta sin camisa y con las gafas del
cuarentón en la punta de la nariz sale de otra de las cabinas. Esta vez es a mí a la que
besan. “Ni se te plantee meterla ahí, es claustrofóbica” dice Berta mirando a Michel.
Respiro aliviada. Berta y el cuarentón se largan hacia la habitación naranja. “Estaremos
en todos con todos” dice él guiñándonos uno de sus ojos.

Subimos unas escaleras estrechas. Me rasgo las medias a la altura del muslo derecho
con el gotelé picudo de la pared. La carrera es imparable. Levanto la cabeza, se
escuchan gemidos. Cada vez más claros. Temo que arriba me encuentre con una jauría,
pero al llegar no veo a nadie, solo una sala redonda con cortinas de colores y biombos,
ambientada con la musicalidad del orgasmo, el deseo, el dolor y el placer. Hay dos salas
vacías, tienen las cortinas abiertas. En el centro de la sala hay una especie de mueble
chino con diferentes estantes, Michel coge sábanas y toallas blancas. Observo lo bien
dobladas que están. “Tenemos un servicio de lavandería excelente”, señala Michel
adivinando mis pensamientos. Encima del mueble hay una cestita llena de condones,
coge un par de ellos y me susurra al oído “hacia tiempo que no tenía tantas ganas de
hacerlo con alguien”. Sonrío. Ni se imagina el tiempo que hace que no me apetece
tirarme a un tío. Pasamos. Cerramos las cortinas. Extendemos las sábanas al son de los
gritos de felicidad de un hombre que exclama “ya llega, ya llega”. En la habitación hay
un plato de ducha. “Hay una en cada una de estas salas”, me cuenta Michel. Él se quiere
duchar. Yo también. Nos duchamos juntos. No es lo habitual, la ducha es pequeña. Me
enjabona. Le enjabono. Todo. Me aclara. Le aclaro. Todo. “Hay duchas mejores para
follar, luego te las enseño”, dice Michel. Empapados, nos vamos a la cama. No me
gustan los cuerpos masculinos, pero reconozco que el moreno está como un queso.
Cierro los ojos y entiendo lo que ocurre. Él es una culebra que se enrosca a su presa con
la intención de asfixiarla y engullirla. Ha cazado un ratoncito hambriento. Cuando me
penetra siento rabia. Me gusta demasiado. Creo que soy lesbiana solo por convicción.
Aprieto las paredes de mi vagina para retenerlo. Nota la presión. Su melodía se une al
coro de voces. Abro los ojos, relajo mis paredes, sujeto la base del pene agarrando el
condón y me libero. Siento de nuevo el hueco de mi cuerpo sin rellenar. Envidio el
apéndice masculino, pienso que por derecho nos pertenece. Vuelvo a la ducha. Esta vez
sola. Odio a Dios.

“Yo me ducho a la vuelta” me explica Michel cuando salgo. Quita las sábanas de la
cama y las mete en un cubo de esos para la ropa que ahí allí mismo, “tenemos que
mantener limpio el ambiente, es fundamental”. Asiento.

Va en pelotas por el pasillo. Directo a una sala ultramoderna medio transparente medio
azul. Al entrar descubro que es una macro ducha. “Deja tus cosas por aquí si no quieres
que se te mojen” me explica Michel. Sonríe el guapo moreno y me besa. “Voy pasando
a Mix, te espero dentro ¿vale? Ponte unas zapatillas de esas” dice mientras señala hacia
la puerta. El espectáculo es increíble, el agua cae poco a poco del techo, el ambiente
vaporoso emborrona los cuerpos que se unen y separan, que se acercan y se alejan, que
se buscan y rechazan. Estoy a punto de irme, cuando veo a Sole. Me quito la ropa la
dejo junto a la de Michel, me calzo y entro. Tiemblo. Mis pezones se hinchan y siento
que soy la mujer más guapa del mundo. Observo el perfil de mi Sol y me acerco. Le
acaricio la espalda de la cabeza hasta el ano, sujeto sus enormes tetas. Abrazo su
cintura. “¿Eres tú? Te estaba esperando” dice Sole. Me doy la vuelta profanando el
espacio entre ella y el guapo moreno al que enjabona. Nos besamos. Sus manos resbalan
por mi cuerpo, alcanzan el monte de Venus, lo conquistan, lo profanan y construyen un
nuevo mundo. Acabo de encontrar a la reina de corazones que me cortará la cabeza.
Michel se pega a mí, por la espalda. Entre el Yin y el Yang navego dando tumbos. Entre
el dolor y el placer me retuerzo. Entre el vapor y el agua se enredan mis pensamientos.
Entre el morbo y la perversidad se embrutece mi alma. Entre la reina de corazones y el
sombrerero loco pierdo la cordura. Michel susurra: “contigo aquí es difícil parar”. Abro
los ojos. Miro a mí alrededor, algunos nos miran.

Salgo. Busco intimidad; la encuentro a la vuelta en una salita estilo vestuario. No me
pregunto qué he hecho. Sin medias me subo a mis botines. Salgo de nuevo a la barra.
Pienso en el laberinto de naipes que hay ahí detrás. “Alicia” dice alguien. No vuelvo la
mirada. Saludo a las chicas de la barra. Recorro el pasillo de papel albal; dentro de unos
segundos saldré de la madriguera y despertaré de este sueño.

Despacio. Sin tropezones. Es mejor no caerse por las escaleras. Ni al subirlas ni al
bajarlas. Quise correr el riesgo. Podía haber escogido otro calzado, pero escogí estos
botines. Siento como el suelo tiembla bajo mis pies.

Despacio. Sin prisas. Es mejor no tener nervios. Ni para salir ni para entrar. Pero ya lo
sabía. Lo pensaba y lo sabía. La tranquilidad es cuestión de conocimiento. Lo
desconocido siempre resulta excitante.

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