Título: Sueño Cálido - Autor: Niashi

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Título: Sueño Cálido - Autor: Niashi

Mensaje  Admin el Miér Abr 07, 2010 11:33 am

Hacía cinco años que desapareció el Sol y seguía siendo de noche. Diana se
alborotaba sobre el colchón, odiando al Sol por cobarde y a la Luna por ser su amante
encubridora.
Debían pasar las cuatro de la mañana, pero Diana aún no había logrado pegar una
cabezada. Preocupaciones, sentimientos, imágenes… todo a la vez y todo al mismo
tiempo. Cerraba los ojos, pero ahí estaba él. Sí, él.
Apenas si le vio una vez durante un segundo, justo cuando el autobús arrancaba,
llevándosele lejos, fuera de su lado, de sus ojos, pero su cabello castaño, algo largo, la
mirada serena, firme, los finos labios cerrados en silenciosa reflexión y, ante todo, los
ojos azules que inundaban como pequeños lagos puros y sinceros su rostro, no se
marcharon sin dejarle marcada huella. Él no correspondió a su mirada; no desvió la
cabeza ni musitó una palabra. Ignoraba que ella existía y que esa noche él la estaba
visitando en su propia habitación, aunque no fuera sino en una mera fantasía.
Diana deambulaba en el difuso borde que separaba ambos mundos, el real y el
ficticio, no acertando a distinguir si soñaba lo que deseaba o si era al revés. Bajo las
sábanas, su larga camiseta arañaba continuamente la piel y, como una serpiente que se
desprende de su muda, no tardó en arrancárselo y tirarlo lejos de su alcance. Bajo las
sábanas, era su cuerpo desnudo el que recibía el cosquilleo de las sábanas rozándole,
besándole con fina ternura y, lo reconoció, se sintió cohibida y excitada.
No le bastó. La incomodidad se acrecentaba, aún suspirando por su rostro
perfecto, su cuerpo escondido, su alma lejana. Le veía y le imaginaba volviéndose de
repente, observándola, descendiendo del autobús, cogiendo su mano…
Visitándola aquella noche.
Antes incluso de percatarse de ello, sus dedos pulgares deslizaban la goma elástica
de sus braguitas para quitárselas, figurándose que eran manos fuertes las que lo hacían.
Al sacar ambos brazos por encima de las sábanas, aún con la sedosa prenda en las
mismas, observó –o soñó; o, ¿quién podía distinguir lo cierto de lo falso?– cómo a su
costado se elevaban las sábanas, acogiendo un cuerpo masculino de rostro conocido que
elevaba un brazo para retener las manos de Diana con la firmeza de quien lo puede
todo, retorciendo la prenda íntima en torno a sus muñecas hasta convertir la seda en
acero y un saliente de la cabecera de madera de la cama en una argolla a la que atarla.
Buscando esos ojos que durante horas la habían cautivado, Diana se bañó en una mirada
tan serena como poderosa que penetraban en su corazón hasta electrificar el vello de su
nuca. La tensión que la asfixiaba con aquella incómoda postura la obligó a hacer
palanca con sus pies para incorporarse un poco, consiguiendo, inesperadamente, que los
pechos quedasen al desnudo y que los pezones erectos confesasen sus oscuros deseos.
La mano del hombre sin voz ni identidad resultó tan suave como supuso. Era
cálida, tenue y de tacto fino, que dejó a su paso por su mejilla un ligero rubor oculto por
la oscuridad y minúsculas gotas de sudor en la piel que se hermanaban para marcar en
su deslizar las curvas de su cuerpo. Los pechos apenas si llegaron a conocer su beso y el
vientre quizás ni le viera pasar, pero, lo que sí sucedió fue un temblor acelerado en la
garganta cuando rozó el contorno de su sexo.
Fue cauteloso cuando ella quería que fuese atrevido, y silencioso cuando deseaba
oír su voz, e inquisitivo cuando eso la avergonzó. Los dedos supieron dónde y cómo
buscar, siempre por fuera, siempre sin tocar ningún punto sensible. Él, sin nombre,
aproximó sus labios a su mejilla ardiente, como si el beso siguiente fuese un cubo de
agua que se creyese capaz de apagar un incendio. Y, más abajo, los dedos acertaban y
erraban, pero, juró Diana, que incluso los fallos estaban premeditados.
En el instante, sin avisar, en que presionó el clítoris, un escalofrío se abrió paso
desde dentro hasta aflorar en brazos y piernas. Fue el corte de una cuchilla de afeitar;
así de crudo, así de intenso. Aún apreciaba y saboreaba la fricción cuando descubrió
que llevaba tiempo sin siquiera acercarse, y no se había repuesto cuando volvió a
masturbarla, más fuerte, más rápido, más adentro.
Diana era una muñeca muda, un pequeño saco de chispas eléctricas que brincaban
bajo su piel. La tensión se acrecentaba, se le imponía la necesidad de descansar, pero,
maniatada por sus recuerdos distorsionados, el aire era un regalo que dependía de su
amante de ojos azules, y una mentira que la humillaba, pues también ella lo rechazaba.
Era la noche de astros traicioneros, visitantes ficticios y sedosas cadenas que la ataban a
una cama, la seducían y arrancaban emociones contenidas en toda su crudeza, gemidos
que brotaban desde lo más profundo para así liberarse de esa pesada carga que había
azotado su ser desde que dos ojos azules y un rostro anónimo se cruzaron con su vida en
una parada de autobús en lo que dura un parpadeo.
Cuando Diana se levantó de la cama, el sudor empapaba su cuerpo. Sentía calor y
aún tardaría algunos minutos en recuperar el resuello. Le temblaban las piernas y por
ello salió de la habitación con paso lento y prudente. Hubiera deseado seguir por más
tiempo pero ya estaba exhausta. Era el momento de una buena ducha y aprovechar las
pocas horas que restaban para descansar un poco. Sin embargo, aún con todo, conforme
recorría el pasillo para meterse en el cuarto de baño, una sonrisa pícara recuperó la
irracionalidad perdida. Una ducha, sí, se dijo. Pero acompañado por él.
Cuando abrió el grifo, ya sentía sus manos en su cintura. Su primer beso fue
maravilloso, pero sin parangón con el que vino después.

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