Título: Fuego - Autor: Lamfariel

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Título: Fuego - Autor: Lamfariel

Mensaje  Admin el Miér Abr 07, 2010 9:07 am

Un día más... las llaves en el cenicero de cristal junto a la entrada, el bolso sobre la silla recién tapizada y el abrigo en un perchero recuerdo de una anciana tía a la que perdió hace unos años... siempre le gustó ese perchero. Llegaba a casa cada día pasadas las once, el hospital donde trabajaba era uno de los más concurridos en cuanto a problemas sociales. Muchas veces pensó en dejarlo pero, pese a la crueldad y dolor que veía a diario algo en su interior no se lo permitía, quizás fuese su sino, el poder contribuir a iluminar el camino de los demás... y el suyo propio.
Estaba deseando darse un placentero baño, con aquellas sales tan relajantes que compró en su último viaje a París, eran maravillosas, todo su cuerpo se relajaba y dejaba que el agua le acariciase durante casi una hora, cerraba los ojos y soñaba, soñaba que el agua era su amante y que cada centímetro de su piel era masajeada con dulzura, sus pezones se tornaban más rosados, más duros y hacía que la tersura de su piel fuese al infinito, sus piernas danzaban por entre el agua provocando pequeñas olas que rompían a orillas de su depilado fruto. Le gustaba acariciarse y llegar al clímax y era entonces cuando volvía a la realidad de su pequeño apartamento, con una sonrisa en los labios que delataban la perversidad de sus actos y el goce de su alma...

Puso en marcha su ritual, los zapatos salieron volando y las medias fueron aproximándose al suelo mientras sentada en la cama daba gracias por haber sobrevivido un día más. Se levantó y lentamente fue quitándose su blusa para liberar sus pechos, siempre había sido deportista y con los años eso le había otorgado un escultural cuerpo que poco tenía que envidiar a las mujeres más hermosas. La falda siguió el mismo destino que las medias y con solo las braguitas puestas se dirigió al grifo de la bañera para detener el caudal. Echó las sales y después de deslizar la prenda por sus contorneadas piernas se sumergió en el placentero baño y cerró los ojos...

No hubo pasado mucho tiempo cuando notó un olor a quemado, no le dio importancia pero a los pocos minutos el olor era más intenso, abrió completamente los ojos y saliendo precipitadamente del agua, se puso su albornoz y se asomó a la ventana. La calle estaba llena de gente y dirigiendo sus miradas hacia ella, sus vecinos estaban allí, en pijama, no entendía nada, no sabía qué pasaba y empezó a asustarse... de pronto por la avenida aparecieron dos camiones de bomberos, aparcaron bajo su ventana y procedieron a maniobrar las escaleras para... ¿rescatarla?

- ¡Por favor señorita, mantenga la calma! –gritó uno de los bomberos.
- ¿Qué pasa? ¿Porqué está todo el mundo en la calle? –dijo ella con lágrimas en los ojos.
- No se preocupe, lo tenemos todo controlado. Por favor, retírese de la ventana y espere a que lleguemos.

Esther empezó a llorar, estaba aterrada y su cuerpo prácticamente paralizado. De pronto un ruido ensordecedor hizo que volviese a la realidad, una escalera metálica rompió parte de su ventana, oyó como alguien ascendía por ella pese a las voces de insistencia desde abajo que le pedían que no lo hiciese. A los pocos segundos uno de los bomberos apareció por la ventana y entró en su habitación. Se acercó a ella y quitándose la mascarilla de oxígeno le sonrió...

- Bajemos antes de que el fuego invada tu hogar –le dijo con ternura.
- Sí –respondió ella mientras le miraba a los ojos.

el bombero le indicó cómo bajar, fue él el primero en agarrarse a la escalera y ella se colocó entre su pecho y la escalera, pese al peligro se sentía protegida... como si fuese el mismo agua de su baño quien estuviera allí. Cuando se disponían a descender una fuerte explosión sacudió la escalera, con un movimiento rápido el hombre la empujó de nuevo al interior del edificio con el tiempo suficiente de sujetarse a la cornisa. Logró alcanzar lo que quedaba de la ventana y entró.

- ¿Estás bien? –le preguntó el hombre– Creo que ha sido una bombona de butano –dijo él.
- ¡Dios mío! –exclamó ella.
- ¡Todo bien, buscaremos otra salida! ¡Controlad el fuego! –gritó a sus compañeros– No podemos bajar por aquí, la escalera está hecha añicos y el fuego es demasiado intenso como para colocar otra, sería una locura, tendremos que bajar por las escaleras, cálzate algo rápido y bajemos, no sé de cuanto tiempo disponemos... Por cierto, soy Martín –dijo esbozando una sonrisa.
- Yo, Esther... gracias por rescatarme.
- Vayámonos, no hay tiempo de recoger nada, lo siento...
- No te preocupes Martín, sólo son cosas, lo mejor lo llevo grabado en mi corazón –dijo ella.

Martín se quedó sorprendido por la entereza de la mujer, no gritó, no se lamentó de su situación, solamente la aceptó y se dirigió hacia la puerta no sin antes echar una ultimo vistazo al perchero y tocarlo con su mano... como si estuviese despidiéndose de él. Martín palpó la puerta con su dorso y verificó que no estaba caliente, entonces abrió la puerta y el aire caliente los envolvió, la cogió de la mano y se dirigieron hacia las escaleras, hizo lo mismo con la puerta y la cruzaron.

- Bien, iremos hacia abajo, con un poco de suerte podremos salir, los pisos de arriba ya deben de estar muy dañados, hay más oxígeno y el fuego se habrá propagado con facilidad. No toques nada metálico ni las paredes ¿de acuerdo?
- De acuerdo –le respondió Esther sin apartar la mirada de la suya.

Bajaron con celeridad cuando al llegar al cuarto piso otra fuerte explosión hizo que se detuviesen, el calor era asfixiante y el fuego había invadido las escaleras del piso inferior, no había tiempo que perder, Martín con sus manos abrió las puertas de uno de los ascensores y verificó lo que se imaginaba, podrían soportar las altas temperaturas hasta que sus compañeros los pudiesen rescatar. Entraron y entonces cerró la puerta confiando en que no se abriese cuando el fuego invadiese ese piso. El tiempo pasaba y los dos estaban ahora sentados en el ascensor, no sabían cuánto tiempo pasaría hasta que llegasen hasta ellos, unos cuantos incendios en el edificio y muchas batallas que librar, por suerte el calor no les afectaba ya que los ascensores eran de materiales de última tecnología y a prueba de incendios... al menos durante unas horas...

Las horas transcurrían, la temperatura ascendía y Martín ya estaba en bóxers. La situación había propiciado que se llegasen a conocer. Esther le contó su vida y las razones por las que todavía se dedicaba a su trabajo. Por su parte Martín le contó su propias vivencias, historias de su familia y anécdotas de su trabajo, de lo que se enorgullecía.

- Discúlpame pero el calor es insoportable –le dijo mientras se quitaba el albornoz– en circunstancias normales no haría eso pero es que la asfixia me está matando...
- No te preocupes, lo entiendo perfectamente –le respondió Martín mientras la observaba maravillado– tienes un cuerpo precioso, se nota que haces deporte.
- Sí... un poco, jejeje, me gusta verme frente al espejo y sentir mis manos sobre mi piel.

Esther no pudo evitar fijarse que Martín se alegraba de verla desnuda, sin que él se diera cuenta había ido siguiendo el crecimiento de su miembro hasta alcanzar un tamaño considerable y eso hacía que aún más calor sintiese su cuerpo. Con una sonrisa pícara y una mirada lasciva le dijo:

- Solo hace falta un trocito de tela menos para que estemos en igualdad de condiciones
- Tú lo has querido pero luego no te eches atrás, ¿ehhh? jajaja.
- Jajaja, no creo que pueda salir de este ascensor, al menos sin tener que acercarme a ti –le respondió ella con cierto sonrojó.

Martín procedió a desnudarse por completo y Esther pudo ver los veintiséis centímetros de su miembro, esa visión hizo que se relamiese y empezó a dejar volar su imaginación. Estaba absorta en sus pensamientos cuando el hombre la besó. Esther no esperaba ese chispazo en su boca, su corazón se aceleró, sus piernas temblaron y sus ojos se encontraron con los de él y entonces le devolvió el beso, pero más apasionado y pegándose tanto a él que sus pechos casi se fundieron con el torso de él. El beso llevó a las lenguas y éstas al deseo, estaban rodeados de fuego y la temperatura propiciaba el contacto. Martín le besó los labios y pasó su lengua por el
cuello de ella, pequeños besos y un leve mordisquito en su hombro. Ella le correspondió con un ligero mordisco en su labio inferior y su lengua sobre su musculado torso, estaban ambos sudorosos pero no importaba, ahora solo era el deseo lo que mandaba y ambos lo querían. Esther se arrodilló delante de él y le acarició el miembro con las manos, ligeros masajes que impedían que perdiese su vigorosidad a la vez que le propinaba lengüetazos intercalándolos con el efecto de sus dientes sobre el glande, algo que sabía que volvía locos a los hombres y que desde hacía mucho tiempo no practicaba. Martín estaba anonadado, su cuerpo estaba en un continuo relajamiento y tensión y ver así a la mujer, desde su plazo cenital, le daba más morbo...

- ¡Espera! –le dijo– si no te detienes acabaré demasiado pronto.
- Entonces quizás va siendo hora de que intercambiemos los papeles –le dijo Esther, mirándole desde abajo y pasando su pequeñita lengua por su glande.

Martín alzó a la mujer, la apoyó sobre la pared del ascensor y le empezó a besar los pechos. Acto seguido la depositó con suavidad en el suelo del espacioso ascensor y dirigió su lengua hacia su vagina, y allí jugó con los labios mayores, separándolos accedió a los labios
menores con los cuales representaba el juego del ratón y el gato para acabar en su clítoris, con sus dientes los alargaba y los dejaba volver a su posición original mientras su legua seguía jugando. El clítoris de Esther estaba loco, segregaba a más no poder y él le correspondía con aún más caricias. En un acto rápido Esther cambió de posición y se puso sobre el hombre, ella pendiente de su miembro y él siguiendo su juego con la vagina de ella. No paraban de darse placer, un sesenta y nueve perfecto y con las hormonas invadiendo todo el habitáculo.

El clímax llegó para los dos, y los fluidos corporales de ambos surcaron el poco aire que todavía quedaba mientras daban sus últimos gemidos de placer. Esther se dio la vuelta y le besó en los labios con ternura... y eso fue suficiente para que el pene del hombre recobrase su virilidad para asombro de ambos. Con su mano izquierda en el torso del hombre y con la derecha agarrando el miembro en erección lo guió hasta su entrada y se ensartó, veinte centímetros la penetraron sin dificultad, sus cuerpos estaban bañados en sudor y los fluidos que la mujer destilaba facilitaban el acto. Esther empezó a cabalgar mientras su semental le agarraba los pechos con ambas manos y le pellizcaba los pezones hasta rozar el dolor, así estuvieron durante minutos, ella mirando al techo y sintiendo el mástil del hombre perforarla hasta sus estómago y él amasando sus dulces pechos cuando no provocaba la aproximación del cuerpo de la mujer para besarla en los labios y lamer con pasión sus pezones. Así durante minutos hasta que el orgasmo los alcanzó de nuevo y fue memorable. Cruzaron miradas y sonrieron, sus manos se entrelazaban y los besos de cariño no cesaban, juntos, ella casi en posición fetal y él abrazándola por completo... y entonces...

...FUEGO...

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