Título: Anna, la chica de la limpieza - Autor: A. Pérez

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Título: Anna, la chica de la limpieza - Autor: A. Pérez

Mensaje  Admin el Miér Abr 07, 2010 12:05 pm

Siempre sonrío al pensar en lo afortunado que fuí aquel frío invierno. Pócos jóvenes de
mi edad han tenido el placer de vivir lo que yo viví. Y me complace saberlo.
Mi nombre es Víctor, y mi historia se narra desde uno de los tantos barrios que hay a las
afueras de la ciudad.
Cierto día volví a casa después de haber pasado el día en la aburrida y monótona
universidad. Entré en la cocina, y encontré una nota pegada a la nevera que decía que
mis padres habían decidido contratar a una muchacha que se encargase de las tareas del
hogar.
El hecho de tener a una completa desconocida en casa me ponía los pelos de punta. Y
saber que ya no iva a tener privacidad por las tardes, aún más. Maldije mi suerte, pero
sabía que no podía hacer nada.
Llegó un par de horas después. Se llamaba Anna. Describirla con palabras... Era difícil.
Las palabras no estaban a la altura de su belleza.
Era una chica que provenía de Polonia. Tenía ventitrés años, y apenas llevaba poco más
de un año en España. Su largo y sedoso cabello de color rubio oscuro enardecía mis
fantasías más íntimas. Su uniforme de limpieza se ajustaba a la perfección en sus
delicadas curvas. Mi mirada se perdía en el infinito cada vez que al pasar a su lado, su
intenso aroma se quedaba impregnado en mis ropas.
Cada día me sentía más atraído hacia ella. Anna era muy tímida, y apenas intercambiaba
palabras conmigo.
En una ocasión, yo me encontraba estudiando recostado sobre la cama, cuando de
repente ella entró en mi habitación.
-Victor, tengo que pasar la aspiradora. Espero que no te moleste.-Susurro con su tímida
voz.
- No te preocupes, Anna. La música del mp3 amortiguará el ruido. -Enuncié con
seguridad.
Me dirigió una sonrisa de cortesía y siguió con su trabajo.
Mis ojos casi se salieron de sus órbitas cuando Anna se agachó para pasar el ruidoso
aparato por debajo del escritorio. Por debajo del uniforme, unas braguitas de color rosa se
asomaban tímidamente, haciendo que mi corazón empezase a latir de forma
desmesurada.
El espectáculo visual duró cuestión de un minuto; pero fue lo suficiente para que un
empezase a notar un gran bulto en mis pantalones.
La chica terminó de aspirar el cuarto y salió a hacer lo mismo en el resto de la casa.
No pude estudiar durante el resto del día, ya que mi mente se encontraba completamente
dispersa. Lo único que había dentro de mi cabeza eran millones de neuronas fornicando
entre ellas.
Al día siguiente llegué a casa como cualquier otro día. Había tenido un examen y lo había
dejado en blanco. ¿La razón? Ella.
Tenía unas terribles ganas de acariciar aquel cuerpo esculpido por ángeles. Quería besar
aquellos enormes pechos que sobresalían con descaro. Sentía un irresistible deseo de
lamer aquello que se ocultaba detrás de sus braguitas, y de hacerla gemir de placer.
Anna tenía que ser mía.
Entré en mi habitación y la encontré haciendo mi cama.
-Hola Anna.¿Qué tal estás? Te veo ocupada.- Las palabras se escaparon de mi boca con
cierta dificultad.
-Hola Victor. Estoy bien. ¿Te molesto?- Preguntó con timidez.
-Para nada. De hecho, me gusta tu compañía. Me gusta de veras. -Esta vez sentí como
una inesperada dosis de autoestima empezó a correr por mi torrente sanguíneo.
Anna me miró de reojo y me dedicó una sonrisa.
-Deja que te ayude. No me gusta verte trabajar tanto. - Me acerqué lentamente, y posé mi
mano en su hombro.
-No te preocupes, yo puedo sola.- Su español era bastante bueno, a pesar de llevar tan
poco tiempo viviendo en España.
-Eres una chica realmente guapa, Anna. ¿alguna vez te lo han dicho? Tus ojos son
preciosos.-Una chispa empezó a arder en mi interior.
-Victor, no, porfavor.- Su mirada se fundió con la mía por espacio de escasos segundos.
- Te deseo. Desde el primer día en el que te ví.- La rodeé con mis manos y la abracé.
Sentí el calor de su cuerpo junto al mío.
-Victor...-Su voz se apagó en un débil susurro.
-Shhh... No hables, preciosa. Deja que te abra las puertas al mundo del placer.- Con mis
manos en sus nalgas, acerqué su boca a la mía y la besé.
Mientras nuestras lenguas jugaban, mis manos recorrían cada centímetro de su fogoso
cuerpo. Empecé a sentir como mi temperatura corporal aumentaba súbitamente.
-Eres malo, Victor... Muy malo...- Sentía como el fresco aliento de Anna me daba en el
rostro.
Decidí besar su cuello mientras ella se retorcía de placer, lo que provocó que empezase a
gemir.
La recosté delicadamente sobre la cama, y le quité el uniforme. Mi corazón estaba muy
acelerado. El de Anna estaba a punto de estallar
Lamí sus pechos con sutileza, aunquea a cada minuto que pasaba me costaba más
mantener la compostura. Necesitaba penetrarla.
Sus gemidos, antes débiles, eran ahora bastante elevados.
Bajé un poco más y me encontré con sus hermosas braguitas. Esta vez no eran rosas; sino
negras. Se las quité con impaciencia y lamí los labios de su vulva. Sentí de inmediato el
elixir que se escondía dentro de su suave y húmeda vagina. Anna acarició mi cabello y
me sujetó con firmeza. Sus gemidos provocaban que se me erizase el vello del cuerpo.
Al cabo de unos instantes, Anna se tumbó boca abajo; haciéndome entender que quería
que la penetrase desde atrás.
Me quité los pantalones con torpeza. Cuando saqué mi miembro de la ropa interior, se
quedó atónita. Cogió mi pene con firmeza y lo introdujo entre sus muslos. La sensación
que experimenté al sentirme adentro de aquella cavidad húmeda y caliente fue de un
intenso gozo . Empecé a embestirla con suavidad, hasta que ella me pidió a gritos que lo
hiciese más fuerte. El ritmo era frenético. De manera instintiva, azoté sus nalgas con
fuerza, hasta que adquirieron un color rojo intenso. Cada azote que recibía intensificaba
de manera extraordinaria el placer que Anna recibía.
Se dió la vuelta y se aferró a mi espalda. Clavó sus uñas en mi carne y profirió un
profundo grito de placer. El orgasmo fue espectacular. Sus piernas empezaron a temblar
descontroladamente. Sus ojos se quedaron en blanco durante segundos que seguramente
se le hicieron eternos.
Al recuperarse del bombazo que había sacudido los cimientos de su cuerpo, se incorporó
y sujetó mi miembro con delicadeza. Lo introdujo en su boca y empezó a sacudirlo
mientras acariciaba mis huevos.
No podía aguantar más. Eyaculé mi semen sobre su cara sonrojada. Saco la lengua y
lamió lo que no cayó sobre su rostro. Con los dedos, recorrió sus mejillas manchadas y se
los llevó a la boca.
Nos quedamos un rato en la cama completamente exhaustos.
-Ven. Todavía tenemos tiempo antes de que lleguen mis padres.- Exclamé.
Me levanté de la cama y la cogí de las manos. Abracé su cuerpo de diosa y la llevé hacia
el baño. Intenté cerrar la puerta, pero recordé que la cerradura estaba estropeada. Sin
darle mayor importancia, abrí el grifo de la ducha y cuando sentí que caía agua caliente,
me metí. Le hice señas a Anna para que entrase también. Cogí su mano para que no
resbalase al pasar sobre el borde de la bañera.
No podíamos dejar de reír. Intercalábamos instantes de sonrisas con momentos de lujuria
desenfrenada.
Mechones de cabello mojado se entremezclaban en un sinfín de obscena pasión.
Anna aferró mi pene con sus manos y empezó a masturbarme. Acaricié sus nalgas e
introduje mis dedos en su vagina.
El calor dentro de la ducha era sofocante. Mi respiración se hacía cada vez más acelerada.
Me agaché y metí mi lengua en su vagina. Su agradable sabor ácido calmó la ansiedad
que sentía en el paladar. Los gemidos de Anna me volvían loco. Era como oír una música
celestial. Pero, de manera instantánea, Anna profirió un profundo grito que casi me deja
sordo.
Mi corazón casi se sale de mi pecho.
Mis padres se encontraban al otro lado de la puerta. Habían visto lo que estábamos
haciendo. El pánico se apoderó de mí. Sentí ganas de desaparecer. Que la tierra me
tragase y que me pudriese en sus entrañas.
-¡¡¡VICTOR!!! ¡¡¡QUE DEMONIOS ESTÁS HACIENDO!!!.- Mi madre se desmayó al
instante.
Dios.
Nunca volví a saber nada de Anna. Intenté buscarla, pero en vano. Aún recuerdo con
tristeza como salió de casa de casa semi-desnuda y con la cara llena de lágrimas.
¿Y sabes qué? La echo de menos.

** Relatos publicados con el consentimiento de sus autores. Prohibida la reproducción total o parcial.

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