Esclava.

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Esclava.

Mensaje  Alison MacGregor el Jue Nov 29, 2012 6:40 am

Esa postura no era una de las más cómodas, sus brazos comenzaban a dormirse y la cuerda que sujetaba sus muñecas raspaba su delicada piel, dejándole marca. Sin embargo, su excitación aumentaba por segundos, mojando su sexo y erizando sus pezones desnudos.
No entendía cómo se había dejado convencer para esa clase de juegos, y tampoco sabía si se arrepentía de haber tomado esa decisión. Lo único que sabía a ciencia cierta era que su sexo se encontraba húmedo, necesitado de caricias y deseoso de volver a sentir el tacto de aquel hombre perturbador.
Horas antes había sentido la polla de ese desconocido entre sus muslos, embistiendo contra su cuerpo con descontrol, mientras sus manos habían agarrado sus pechos, estrujándolos con fuerza, y su pelo, enredándolo y tirando con frenesí. No entendía cómo le había podido dar igual no saber el nombre de ese desconocido, ni siquiera no haberlo visto en toda su vida, lo único que había importado en esos momentos era el orgasmo al que le estaba haciendo llegar. El sudor impregnaba su piel y el olor a sexo llenaba la habitación, maravillándola de nuevo.
Ahora, se encontraba esperando con las manos atadas a que aquel desconocido apareciera para ahogarla en placer. Sabía que él podía hacerlo y ella estaba dispuesta a conseguirlo.
De repente, la puerta de la habitación se abrió y oyó unos pasos que se acercaban, quedándose a escasos metros del sofá donde ella se encontraba. Su respiración se aceleró, su corazón saltó en su pecho y unas gotas de sudor comenzaron a resbalar por su piel, desesperándola. El hecho de no poder girarse y que aquel desconocido no pronunciara ni una palabra la enloquecían, su cordura desaparecía y su sexo se humedecía.
Sentía la mirada del desconocido clavada en cada centímetro de su piel, recorriéndola sin vergüenza, arrancándole el aliento, haciéndole sentir como si fuera un tesoro digno de contemplar, como si no hubiera nadie más, únicamente aquel hombre y ella.
Sus dedos comenzaron a estrujar la cuerda que sostenían, su garganta se secó y comenzó a pensar que aquello había sido una equivocación. Sin embargo su cuerpo desmentía todo aquello, ya que sus muslos se seguían empapando de su esencia y sus pezones suplicaban ser acariciados.
Deseaba que aquella tortura terminara, que aquel hombre la agarrara por las caderas y la follara sin control, haciendo que olvidara su nombre, sus temores y preocupaciones, que tan solo sintiera la pasión desbordándole.
Pasó la lengua por sus labios resecos, dispuesta a romper aquel silencio que la estaba excitando más que cualquier caricia.
-Señor, yo…-no pudo terminar la frase cuando un grito escapó de su garganta.
Una marca roja comenzó a formarse en su trasero, justo donde la fusta de cuero le había golpeado. Sus mejillas ardieron de vergüenza por ser castigada de esa manera, sin embargo sus ojos siguieron el movimiento del cuero, deslizándose por sus caderas, pechos y cuello hasta llegar a su barbilla, donde haciendo más fuerza, consiguió que su cabeza se girara con gran esfuerzo hacia aquel desconocido.
Sus ojos se abrieron de par en par y sus labios dejaron escapar un gemido cuando contempló la apariencia de aquel hombre, que horas antes había estado junto a ella completamente desnudo. Ahora, seguía igual de impresionante, con su piel morena brillando por el sudor, su pecho subiendo y bajando con su respiración calmada, y su miembro duro y tieso, preparado para embestirla de nuevo.
-No vuelvas a llamarme de esa forma.-ordenó, mirándola con sus ojos oscuros, provocándole un escalofrío.-Si te diriges a mí, debes llamarme “mi amo”. ¿Ha quedado claro, esclava?-preguntó, azotando su trasero de nuevo.
Asintió débilmente, contemplándolo, intentando comprender cómo era posible que todo aquello no mitigara su excitación, sino que la aumentara por completo, empapando sus labios más íntimos.
-Perfecto.-susurró, sonriendo levemente.-Ahora, vas a hacer todo lo que yo te ordene y siempre que te pregunte algo, responderás de inmediato y no me harás esperar.-ordenó de nuevo, acercándose más a su cuerpo, pegando sus muslos contra su trasero, el cual se asomaba por el borde del sofá.
Asintió de nuevo, gimiendo suavemente, deseando que la tocara de una vez. No le importaba que él la sometiera, la dominara, la hiciera esclava de sus deseos, lo único que quería era que la llevara al orgasmo tantas veces que acabara perdiendo la cuenta.
-Ponte a cuatro patas.-dijo, pasando la fusta por su espalda, bajando a su trasero.-Colócate como la perra que eres.-aclaró, volviendo a azotarla suavemente, dejándole marcas coloradas que la hacían gemir.
Obedeció, estaba ansiosa porque aquello comenzara, por sentir cada centímetro de su piel en contacto con la suya. Sin embargo, necesitó que él la ayudara, ya que sus manos atadas a su espalda no le permitían mucho equilibrio. Ya dispuesta, su mano izquierda se colocó sobre sus caderas, comenzando a acariciarlas con suavidad, contradiciendo las marcas de su trasero.
Comenzó a bajar con lentitud, recreándose en el tacto de su piel, agarrándola y arañando suavemente aquellas marcas delatadoras. Ella jadeó cuando sintió cómo su mano se abría paso por su trasero, llegando a la humedad de sus carnes, gimiendo con cada roce. Sin embargo, no todo acababa ahí. Tres de sus dedos se introdujeron en su sexo, empapándose de su humedad, provocando que ella gimiera quedamente, maravillándose del deslizamiento de sus dedos. Fue entonces cuando los sacó completamente, mojados y dispuestos a deslizarse de nuevo, pero esta vez por el agujero de su trasero.
Gimió con más fuerza, suplicantemente, ya que la excitación se había incrementado hasta límites inimaginables, desbordando su mente.
-¿Te gusta esto, preciosa?-preguntó, gruñendo, con su miembro a punto de reventar.- ¡Responde, esclava!
-Sí, amo.-respondió, lloriqueando. Aquello era demasiado para soportarlo, necesitaba liberarse de inmediato.
Debería esta avergonzada, sin embargo deseaba que él continuara, que la agotara, que terminara con ella. Afortunadamente, no tuvo que esperar mucho para ello. Sus dedos entraban y salían de su trasero, mezclando humedades y mezclando deseos.
El clímax llegó rápido, explotando en su cabeza, liquidando sus fuerzas. Gritó, gritó y gritó, mientras empapaba su sexo, sus muslos y su mano. Sus brazos no aguantaron y cayó sobre el sofá, respirando agitadamente, cogiendo aire como si no quedara un mañana. Sintió cómo sacaba los dedos de su interior y gimió, desesperada por no perderlos, porque aquella noria de sensaciones no terminara.
Sin embargo, estaba equivocada, sus dedos habían desaparecido, pero el juego no había terminado, ya que en su lugar notó su miembro rozando su trasero. Este se acercó a su cuerpo instintivamente, queriendo más, deseando todo lo que pudiera darle.
Y así fue, su sexo no tardó en sentir el tacto de su polla, y esta no tardó en deslizarse profundamente y hasta el fondo en su cavidad.
Cada movimiento, cada empuje, cada sensación era un escalón más hacia el orgasmo. Ella gemía, él gruñía, ambos se morían de placer. Estaba a punto de alcanzar el final, sus paredes se cerraban sobre su miembro, apretándolo, estrujándolo, deseando su semen en su interior, bañándola.
-Escúchame bien, quiero que te corras ahora mismo, que me empapes de ti, esclava.-volvió a ordenar una vez más, dándole una palmada en el trasero, mientras su miembro seguía entrando y saliendo de su interior, rozando cada centímetro.-¡Hazlo, ahora!
Y así lo hizo ella, obedeciendo a su amo al pie de la letra, empapándolo, intentando ordeñarlo, consiguiéndolo finalmente, llevándose con ella sus gruñidos y gritos de placer, tomando su semen, deslizándolo por sus paredes.
Ella cayó rendida de nuevo, pero esta vez junto a él, ambos con la respiración acelerada, la mente nublada por la satisfacción de haber llegado al orgasmo. Puede que él hubiera obtenido todo de ella, ordenándole y satisfaciéndole, sin embargo, aún siendo ella la esclava, había podido obtener lo que había deseado en todo momento: el placer de ambos.


Alison MacGregor

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