Título: El ojo clínico - Autor: Violeta Beltrán

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Título: El ojo clínico - Autor: Violeta Beltrán

Mensaje  Admin el Miér Abr 07, 2010 9:12 am

Hablaba solo sin parar. Una vez leyó que eso era una terapia muy eficaz. Se acercó de
nuevo a la ventana y observó con agrado que su vecina había llegado a casa. En verano
aún hay luz a ese lado de la calle y podía ver sus piernas que salían del blusón blanco,
caminando inadvertidas por la habitación. Desde su atalaya urbana distinguía el sonido
de una gaita escocesa, acompañada por un piano y una voz lánguida. Las musas de su
mirada habían dejado la ventana abierta. Mucho mejor. Esta noche habría sesión de
gala. Apagó la poca luz que quedaba en el salón y acercó el sillón a la ventana para
ponerse cómodo. Sacó los prismáticos del revistero y espero con paciencia.

...Sonó el teléfono. Por un momento, pensó descolgar, pero dejó que saltara el
contestador: "Hola, soy Oscar y ya sabes que siempre estoy en casa pero ahora no puedo
atenderte. Deja tu mensaje y te llamaré cuando pueda". Del pequeño altavoz salió un
pitido ronco.

—Buenas noches, soy Marlene, de la consulta del doctor. El lunes es buen día para
que venga. Sobre las ocho.—
Oscar dejó que se grabara. Estaba tan excitado desnudando vecinas con la mirada que el
mensaje le servía de teléfono erótico. Seguro que la enfermera no le hablaría en ese tono
tan profesional si le estuviera viendo por un agujerito con lo que tenía entre manos.
Siguió con sus prismáticos. Enfrente, la vecina volvió sobre sus pasos. Alguien entraba
por la puerta de la casa.
Respiró profundo mientras se rascaba las marcas del calzón en su cintura y enfocó
mejor su mirada telescópica. Ella besó en los labios a su compañera de piso. La recién
llegada le susurró algo al oído. Ambas se rieron y abrieron unas latas de Coca Cola...
light... "¡sin cafeína!, ¡joder, qué bien se ve!".
"8-20x50”, ponía en las instrucciones de uso de sus binoculares nuevos. “Trae los
objetos de 8 a 20 veces mas cerca”.
Enfocaba a fondo su nuevo juguete para ver cómo la más alta se quitaba los tacones
y se cambiaba de ropa. Su pulso se aceleró en cuanto una de ellas encendió la luz del
baño. Veía el resplandor por el quicio de la puerta y notaba la erección creciendo entre
sus manos. No fallaba. En pocos segundos saldría desnuda. La de Oscar era una
reacción perruna, como los chuchos que babean de hambre cuando oyen acercarse el
coche de su amo. El ruido del motor significa hora de comer. Para él, la luz del baño de
sus vecinas, poco más o menos.
Sin perder un instante, salía al balcón para ver mejor y esconderse entre las
macetas, atento a cada movimiento de sus chicas. Es viernes y los viernes salen a cenar,
pero antes echan un polvo, se duchan y se ponen guapas. Las dos entraron en la
habitación. Solían dejar la luz apagada y quedarse sólo con el reflejo del cuarto de baño.
Pero esa noche la lámpara del pasillo se quedó encendida y ofrecía una visión más
completa de la escena. La novedad aumentó su pulso y se sacó la camisa por fuera del
pantalón. Oscar trataba de enfocar lo mejor posible. El primer plano era difícil de
conseguir. Sus chicas se acariciaban los pechos, provocándose como dos cobras a punto
de morderse el cuello. La dueña del piso solía serlo en la cama y puso a su amante de
espaldas contra el cabecero para arrancarle suspiros de placer, mordiéndole los brazos y
clavándole un codo entre sus nalgas. Mientras sujetaba las lentes con una mano, subía y
bajaba la otra en un vaivén cada vez más intenso. De vez en cuando apartaba los ojos de
la escena que veía desde sus prismáticos para no marearse con el meneo rítmico de su
cadera. Volvía a la carga y aguantaba pegado al hierro del balcón, viendo cómo las dos
se retorcían una sobre otra y quedaban en la cama tumbadas de cualquier manera.
Oscar se contrajo sobre las macetas y finalmente expiró en un sinfín de arreones
placenteros. Levantó la mirada sobre las lentes para adaptarse lo antes posible a la
penumbra de la calle. Enfrente, en la ventana superior de sus vecinas, se reflejaba su
propia figura sentada, flaca, frágil y descolorida. Después marcó un número y esperó los
tonos. La hembra dominada se acercó a la mesilla y su voz apareció por el teléfono:
—¿Te ha gustado?
Oscar contestó, todavía jadeante:
—Ha sido de los mejores. Y qué bien con la luz del pasillo encendida. Gracias,
chicas. Cualquier día de estos me lío la manta a la cabeza y me engancho al sexo de
contacto, pero aún no estoy preparado. Llamadme al mediodía y os pagaré.
—¿Quieres que la próxima vez lo hagamos allí? —preguntó ella.
—No, no. Me gusta más veros desde la ventana. Mi analista dice que no es buen
síntoma, pero no puedo evitarlo. Hablaré con él de esto el lunes, creo. Acaban de llamar
de su consulta. ¿Vais a salir a cenar?
—Sí —dijo ella—. Vamos a celebrarlo. Hoy Irene se ha corrido y todo .
—¿Cómo lo sabes?
— Tiene hambre. Siempre le entra cuando disfruta de verdad.

* * Relatos publicados con el consentimiento de sus autores. Prohibida la reproducción total o parcial.

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