Título: Plácido Estertor - Autor: Hades

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Título: Plácido Estertor - Autor: Hades

Mensaje  Admin el Miér Abr 07, 2010 9:14 am

Apareció sinuoso…Entró en la habitación lúgubre de hotel donde antaño habían
pasado noches interminables. Allí estaba, sensual como ningún artista supo retratar a las
mejores divas; con una silueta que rozaba la perfección de mujer y una mirada
camaleónica, mirar que siempre tuvo grabado en sus entrañas.

Marcos se acercó, erecto, hacia el lecho donde África yacía, serpenteando…Él se
quitó su gabán dejándolo en una silla junto a la chaqueta que ella previamente lanzó,
nerviosa, sin saber dónde colocar, cómo poner, para estar lo más hermosa posible para
él; y fue dando pasos lentos. No hablaban, sólo se miraban como queriendo hablar sin
articular ningún sonido, en silencio se expresaban los más álgidos sentimientos, opinaba
él.

Y así, atravesando su mirar cuan lanza de hierro, se fue aproximando, pausado, como
queriendo retar al tiempo. A Afri, como él siempre solía llamarla, esos minutos se le
antojaron eternos, hasta que sintió de repente su mano cálida acariciándole la rodilla.
Ese contacto la desequilibró, pues cuántas noches había ansiado tocarlo, sólo tocarlo,
sentirlo cerca y no en la maldita distancia. Se aproximó más aún a ella, sin besarla, sólo
necesitaba sentir su respiración, ésa que también él añoraba en su piel desde hacía años,
cuando se apoderaba de su inocencia.

Cuando se sentó al fin a su lado no pasó mucho tiempo hasta que se acomodó a su
lado, yaciendo juntos, unidos y enamorados, como nunca lo habían dejado de estar, a
pesar de la distancia, a pesar de esa cruz de la se despojaría para siempre tras esa noche
juntos. Se tumbó y sus labios se acercaron trémulos de deseo. Primero la besó despacio,
después, dominados por la pasión, se besaron fuerte, vibrando los labios. El cuerpo de
ella se estremecía cuando lo sintió besando sus bustos, erectos y calientes. Los exploró,
los acarició, dejó su huella en su piel atravesándola hasta las entrañas.

Ya estaban juntos, silenciosos, sus cuerpos desnudos, convulsos. Apasionado le besó
su silueta, perfecta y cálida, cada vez más cálida; se apoderó de su cuerpo mojado y
durante unos instantes fue su amo, apropiándose de su cuerpo y de su alma. La penetró
y ella creyó desfallecer del placer, sintió arder el alma; y rompieron el silencio sus gritos
de placer. Los gemidos se hicieron mutuos, la besaba, la penetraba, se movían casi sin
sentido durante horas que parecieron segundos, sin hablar, sólo besándose, sólo
amándose.

La trasladó a la irrealidad moviéndose sin dejar de palparla, sin dejar un solo rincón
de su piel. La amó hasta dejarla sin sentido, embarcándola en un delirio de pasión.
Extasiada, agónica, alcanzó el clímax de sus pasiones con un grito que les hizo rozar la
inconsciencia, amándose, teniéndose al fina tras años de expiración en su ansia de
luchar contra el amor hacia él, el hombre al que amó más que a su propia existencia.

Ni los años, ni los hijos, ni el matrimonio idílico sanaron su aflicción, la angustia por
no amar a quien siempre amó, por no gozar al dueño de su desconsuelo. Esa noche, al
fin, el trance llegó a su fin, no permitiría jamás que nadie, ni la maldita sociedad ni el
estatus volviesen a convertir su vida en un sino enardecido, en una agonía en vida.
Volvió a ser dueña de su propia vida y la de él, juntos, siendo uno, amándose sin volver
a escapar, mas escapando unidos de su propia existencia.

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